LOS MALLS ESPACIOS DE CONSUMO Y SOCIALIZACIÓN PERVERSA
Una nueva modalidad de espacio
de encuentro. Justificada en una demanda social algo abstracta, en la
inseguridad ciudadana, en los requerimientos de los nuevos estilos de vida
urbanos, en la estrategia de consumo de las grandes firmas y en ese interés
apenas disimulado por la desvertebración de la ciudadanía bajo la urbanística
disyuntiva, surge una nueva estructura que se propone como estancia pública
moderna: se trata de los malls, algo
más que equipamientos comerciales.
Desde
el punto de vista de las relaciones sociales y la formación cívica, los
entornos dispersos carecen de espacios públicos de encuentro, calles y plazas
donde conformar no ya una comunidad (en parte desterritorializada en virtud de
las tecnologías de comunicación e información), pero sí al menos un conjunto de
referencias. El mall periférico
se postula como el ágora que aliviará la carencia de equipamientos comerciales
y ofrecerá simultáneamente un lugar para el encuentro social. Sobre la
estructura urbana dan lugar a una nueva centralidad, a una nueva morfogenética urbana al hilo de la
desaparición de la ciudad como urbs et
civitas y su sustitución por la aglomeración difusa y la segmentación
social. Pudiera decirse que su presencia supone una inversión del proceso de
producción del espacio y de la localización comercial. No sólo los nuevos
espacios comerciales actúan en calidad de elementos de difusión urbana al buscar
un emplazamiento excéntrico, sino que van más lejos: crean en torno suyo la
aglomeración.
Surgidos
en medio de la nada, se adelantan a la población, a sus necesidades y
aspiraciones, articulan, nucleándolo, todo un territorio.
En
consecuencia, estamos ante una operación más compleja de doble inversión:
inversión en el orden urbano
(el suelo como mercancía, en definitiva) e inversión del orden urbano (de la ciudad como referencia real, historia y
cultura). En el primer caso, porque lejos de ser únicamente un desarrollo de la
actividad comercial, el mall es
una excrecencia del capital inmobiliario y especulativo. Las grandes agencias
inmobiliarias se sirven de estos equipamientos para dinamizar y revalorizar
determinados sectores urbanos, de nueva creación o de renovación (plusvalías de
reconversión en cualquier caso). En lo referente a la inversión del orden urbano, aquí ya no se trata
únicamente de que el mall pueda
nuclear y satelizar a la aglomeración, sino que además absorbe la ciudad, la
niega como totalidad significante, la parasita, la reproduce a su antojo y reconstruye
a escala. Absorbe sus funciones dispersas y ofrece sus decorados
descontextualizados con la intención de garantizar una experiencia significativo
que se simulen las formas arquitectónicas tradicionales que ya tienen presencia
en la ciudad real). De la simple especulación se pasa al juego especular pleno
de referencias cruzadas y antojadizas. Como en la tela de Magritte, Eloge de la Dialectique (1936), el
dentro se confunde con el afuera. Pero en este juego, la ciudad pierde y se
pierde.
Si
en la perspectiva urbanística o territorial el centro lúdico-consuntivo cerrado
se presenta como un modelo de
anticipación dirigida (como diríamos a partir de Baudrillard), también
asume una función similar en lo relativo a la socialidad, pues permite o
estimula la aparición de un universo limitado de relaciones y ejerce una
orientación (sutil, sin duda) en lo relativo a la t de determinados valores y
repertorios de conducta. Colmado de elementos urbanos, de tiendas y
escaparates, con iluminación permanente y regulación térmica continua, con sus
cafés y restaurantes, sus servicios lúdicos, su música ambiental de ritmos
estudiados para cada ocasión, el mall deviene
espacio y tiempo, lugar y ocasión, para el encuentro social en una ciudad que
huye de sí misma. Un lugar de cita, de compra y de ocio en un recinto seguro
con la aparente diversidad de usos, actividades y públicos, como en cualquiera
de nuestras calles tradicionales. Pero es dudoso que podamos afirmar con
rotundidad que estos entornos sean en sentido pleno, espacios públicos. Claro
que el mall hace posible el
encuentro en las actuales condiciones del crecimiento urbano, pero también es
evidente que introduce determinaciones y límites al juego social. Por supuesto,
no cumplen ese papel morfológico-instrumental que abre sectorialmente los
paisajes urbanos, que conecta lugares, actividades y gentes: su orden es circular
y autorreferencial, todo empieza y acaba en sí mismo. Tampoco es un “lugar la medida que carece del atributo necesario:
la accesibilidad de todos, no sólo del consumidor, al parecer único actor entre
sus muros. El espacio del mall se
postula público, pero su dominio y su gestión son privados. En tanto que carece
de los extraños y de otros figurantes cualesquiera de no importa qué escena
metropolitana, la socialidad del mall está
filtrada y es restringida. No hay intercambio pleno, estimulación social y
cultural, movilidad sin desplazamiento, referencias e interacciones múltiples.
Tampoco otra actividad es posible sino adquirir cosas (y con ellas las identidades
expuestas, las identidades permitidas) en sus diferentes gamas y capacidades.
Si el espacio público comunica e informa, éste más bien deforma: socializa casi
exclusivamente en el consumo y como un panóptico eficaz -y aquí residen las
claves de la perversión del sensualismo primitivo que informa su determinismo
ambiental y arquitectónico- que recrea seres acríticos, asépticos e
indiferentes. Por eso puede ser considerado (cf. Harvey, 1999) como una versión
perfeccionada, si esto es posible, de lo que Louis Marin llamó las utopías degeneradas.
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