7 de mayo de 2012




 LOS MALLS ESPACIOS DE CONSUMO Y SOCIALIZACIÓN PERVERSA


Una nueva modalidad de espacio de encuentro. Justificada en una demanda social algo abstracta, en la inseguridad ciudadana, en los requerimientos de los nuevos estilos de vida urbanos, en la estrategia de consumo de las grandes firmas y en ese interés apenas disimulado por la desvertebración de la ciudadanía bajo la urbanística disyuntiva, surge una nueva estructura que se propone como estancia pública moderna: se trata de los malls, algo más que equipamientos comerciales.

Desde el punto de vista de las relaciones sociales y la formación cívica, los entornos dispersos carecen de espacios públicos de encuentro, calles y plazas donde conformar no ya una comunidad (en parte desterritorializada en virtud de las tecnologías de comunicación e información), pero sí al menos un conjunto de referencias. El mall periférico se postula como el ágora que aliviará la carencia de equipamientos comerciales y ofrecerá simultáneamente un lugar para el encuentro social. Sobre la estructura urbana dan lugar a una nueva centralidad, a una nueva morfogenética urbana al hilo de la desaparición de la ciudad como urbs et civitas y su sustitución por la aglomeración difusa y la segmentación social. Pudiera decirse que su presencia supone una inversión del proceso de producción del espacio y de la localización comercial. No sólo los nuevos espacios comerciales actúan en calidad de elementos de difusión urbana al buscar un emplazamiento excéntrico, sino que van más lejos: crean en torno suyo la aglomeración.

Surgidos en medio de la nada, se adelantan a la población, a sus necesidades y aspiraciones, articulan, nucleándolo, todo un territorio.

En consecuencia, estamos ante una operación más compleja de doble inversión: inversión en el orden urbano (el suelo como mercancía, en definitiva) e inversión del orden urbano (de la ciudad como referencia real, historia y cultura). En el primer caso, porque lejos de ser únicamente un desarrollo de la actividad comercial, el mall es una excrecencia del capital inmobiliario y especulativo. Las grandes agencias inmobiliarias se sirven de estos equipamientos para dinamizar y revalorizar determinados sectores urbanos, de nueva creación o de renovación (plusvalías de reconversión en cualquier caso). En lo referente a la inversión del orden urbano, aquí ya no se trata únicamente de que el mall pueda nuclear y satelizar a la aglomeración, sino que además absorbe la ciudad, la niega como totalidad significante, la parasita, la reproduce a su antojo y reconstruye a escala. Absorbe sus funciones dispersas y ofrece sus decorados descontextualizados con la intención de garantizar una experiencia significativo que se simulen las formas arquitectónicas tradicionales que ya tienen presencia en la ciudad real). De la simple especulación se pasa al juego especular pleno de referencias cruzadas y antojadizas. Como en la tela de Magritte, Eloge de la Dialectique (1936), el dentro se confunde con el afuera. Pero en este juego, la ciudad pierde y se pierde.

Si en la perspectiva urbanística o territorial el centro lúdico-consuntivo cerrado se presenta como un modelo de anticipación dirigida (como diríamos a partir de Baudrillard), también asume una función similar en lo relativo a la socialidad, pues permite o estimula la aparición de un universo limitado de relaciones y ejerce una orientación (sutil, sin duda) en lo relativo a la t de determinados valores y repertorios de conducta. Colmado de elementos urbanos, de tiendas y escaparates, con iluminación permanente y regulación térmica continua, con sus cafés y restaurantes, sus servicios lúdicos, su música ambiental de ritmos estudiados para cada ocasión, el mall deviene espacio y tiempo, lugar y ocasión, para el encuentro social en una ciudad que huye de sí misma. Un lugar de cita, de compra y de ocio en un recinto seguro con la aparente diversidad de usos, actividades y públicos, como en cualquiera de nuestras calles tradicionales. Pero es dudoso que podamos afirmar con rotundidad que estos entornos sean en sentido pleno, espacios públicos. Claro que el mall hace posible el encuentro en las actuales condiciones del crecimiento urbano, pero también es evidente que introduce determinaciones y límites al juego social. Por supuesto, no cumplen ese papel morfológico-instrumental que abre sectorialmente los paisajes urbanos, que conecta lugares, actividades y gentes: su orden es circular y autorreferencial, todo empieza y acaba en sí mismo. Tampoco es un “lugar  la medida que carece del atributo necesario: la accesibilidad de todos, no sólo del consumidor, al parecer único actor entre sus muros. El espacio del mall se postula público, pero su dominio y su gestión son privados. En tanto que carece de los extraños y de otros figurantes cualesquiera de no importa qué escena metropolitana, la socialidad del mall está filtrada y es restringida. No hay intercambio pleno, estimulación social y cultural, movilidad sin desplazamiento, referencias e interacciones múltiples. Tampoco otra actividad es posible sino adquirir cosas (y con ellas las identidades expuestas, las identidades permitidas) en sus diferentes gamas y capacidades. Si el espacio público comunica e informa, éste más bien deforma: socializa casi exclusivamente en el consumo y como un panóptico eficaz -y aquí residen las claves de la perversión del sensualismo primitivo que informa su determinismo ambiental y arquitectónico- que recrea seres acríticos, asépticos e indiferentes. Por eso puede ser considerado (cf. Harvey, 1999) como una versión perfeccionada, si esto es posible, de lo que Louis Marin llamó las utopías degeneradas.


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